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miércoles, 24 de octubre de 2012


OPINION

Comunicación audiovisual, todo lo que hay que saber

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Por Damián Loreti *, Diego de Charras ** y Luis Lozano ***

La sanción de la ley 26.522 (http://bit.ly/LqSlQL) puso en juego la facultad del Estado para regular la actividad de los medios de comunicación audiovisuales desde un paradigma de derechos humanos. Desde que comenzó a debatirse el proyecto hasta hoy pasaron más de tres años y esta potestad estatal todavía resulta cuestionada, tanto desde las empresas mediáticas con posiciones dominantes en el mercado como por parte de algunos referentes políticos. Al respecto, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y la Corte Interamericana han señalado en más de una oportunidad que la actividad de los medios de comunicación no sólo puede, sino que debe ser regulada por el Estado a través de políticas públicas respetuosas de los estándares internacionales (http://bit.ly/RL0nrK). Las medidas estatales deben tener como finalidad el fomento del pluralismo y la diversidad de voces y deben tender a garantizar condiciones de igualdad en el acceso al debate público. En esta línea, los Estados no sólo están obligados a abstenerse de limitar el ejercicio del derecho a la comunicación por cualquier medio, sino que además deben implementar políticas públicas destinadas a revertir las asimetrías existentes en el acceso al debate público. La intervención de los Estados se torna, por lo tanto, imprescindible para garantizar un reparto equitativo de los medios y reconocer la diversidad de las manifestaciones culturales.

En este sentido, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (LSCA) promueve la participación de diferentes actores en la prestación de servicios de comunicación y garantiza que el sector comercial siga siendo económicamente viable. Sin embargo, una arquitectura legal construida a lo largo de más de tres décadas a la medida de quienes debían ser regulados y controlados por el Estado indica que democratización no era una variable a tener en cuenta a la hora de pensar los medios y su vínculo con el acceso al debate público. En este escenario, el cambio de paradigma que implicó la sanción de la LSCA requiere un diálogo permanente entre el Estado y la sociedad civil para generar políticas públicas que impulsen el proceso democratizador.

Concentración, pluralismo y diversidad

El fomento de la diversidad de voces y el pluralismo como presupuestos básicos del ejercicio del derecho a la comunicación se ha convertido en un desafío central frente a las lógicas de globalización, integración comercial y libre comercio. En sus Indicadores de Desarrollo Mediático aprobados en 2008, la Unesco sostiene que para incrementar el pluralismo y la diversidad en un sistema de medios “las autoridades responsables de ejecutar las leyes antimonopolios cuentan con las atribuciones suficientes, por ejemplo, para negar las solicitudes de licencias y para exigir la desinversión en las operaciones mediáticas actuales cuando la pluralidad esté comprometida o se alcancen niveles inaceptables en la concentración de la propiedad” (http://bit.ly/Qwzv09). Cualquier parecido con la realidad argentina es pura coincidencia.

La concentración de la propiedad de medios de comunicación, no absoluta pero sí tendencialmente, deviene en homogeneización de contenidos, marginación de voces disidentes a partir de alianzas comerciales y/o políticas, subsidios cruzados que canibalizan mercados, competencia desleal e incremento de las barreras de entrada para nuevos actores. Algo que en Argentina ya vivimos.

Sin embargo, los cultores de la autorregulación encuentran sólo deficiencias coyunturales del mercado, cuya solución ubican en la propia matriz mercadocéntrica y la mayoría de las veces aparece asociada a una ampliación de las posibilidades tecnológicas. La experiencia de las últimas décadas, tanto en nuestro país como en el resto del mundo, ha demostrado la escasa validez de estas posturas: en ningún caso el avance tecnológico ha implicado, por su mera aparición, una democratización de las comunicaciones.

El rol de los medios y los procesos de concentración de la propiedad, así como el análisis de las alianzas políticas y económicas y su impacto sobre los contenidos, definen un escenario en el que, una vez más, la intervención del Estado se vuelve imprescindible para garantizar el ejercicio del derecho a la comunicación, entendido como un derecho humano fundamental.

Miradas desde el paradigma de derechos humanos

La LSCA puso de manifiesto la necesidad de construir un consenso social amplio que garantice el reconocimiento de la comunicación y la cultura como elementos centrales en el marco de un Estado de derecho, que de ninguna manera pueden quedar supeditados a las lógicas de la explotación comercial en desmedro del bienestar común. Así lo entendieron los principales actores de los sistemas regionales e internacionales de derechos humanos, quienes opinaron sobre la ley desde una perspectiva de defensa de la libertad de expresión. Al respecto aparecen dos referencias clave.

Para el relator especial para la Libertad de Expresión de Naciones Unidas, Frank La Rue, “la Argentina está sentando un precedente muy importante. No sólo en el contenido de la ley, porque el proyecto original que vi es lo más avanzado que hay en el mundo en ley de telecomunicaciones, sino además en el procedimiento que se siguió, el proceso de consulta a nivel popular. Me parece que ésta es una ley realmente consultada con su pueblo”. En cuanto al texto de la ley, La Rue reconoció que “garantiza el pluralismo, que todas las voces tengan acceso. Reconoce que tiene que haber tres tipos de medios: comerciales, comunitarios y públicos. Y los convierte en ley. Ante una progresiva concentración monopólica y oligopólica de medios, no sólo en América latina, creo que esta ley es un gran avance” (http://bit.ly/Xytv9V).

Por su parte, la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la OEA sostuvo, en su informe del año 2009, que “esta reforma legislativa representa un importante avance respecto de la situación preexistente en Argentina. En efecto, bajo el marco normativo previo, la autoridad de aplicación era completamente dependiente del Poder Ejecutivo, no se establecían reglas claras, transparentes y equitativas para la asignación de las frecuencias ni se generaban condiciones suficientes para la existencia de una radiodifusión verdaderamente libre de presiones políticas” (http://bit.ly/h3IEah).

Pese a los insistentes argumentos respecto del supuesto control que la ley impondría sobre los contenidos de los medios audiovisuales, a diferencia de otras legislaciones o proyectos de la región, no aparece en toda la norma ningún artículo que pueda resultar incompatible con las disposiciones del Sistema Interamericano de Derechos Humanos sobre este punto. Tampoco contempla, dentro de los diferentes tipos de servicios de comunicación, restricciones en cuanto a potencia, cobertura territorial o acceso a fuentes de financiamiento ni establece un plazo de duración de los permisos excesivamente breve que impida la realización de los proyectos comunicacionales presentados al momento de concursar la licencia o que dificulte, en el caso de los medios comerciales, el desarrollo de un negocio rentable. Es decir que, en sintonía con los estándares internacionales en materia de libertad de expresión, la ley asegura previsibilidad y certeza jurídica para quienes poseen o adquieren una licencia. Los derechos y obligaciones establecidos en la norma son claros y precisos; se contemplan procedimientos transparentes y respetuosos del debido proceso –que permiten, entre otras cosas, revisar judicialmente cualquier decisión adoptada en el ámbito administrativo– y garantiza que mientras se usa la frecuencia no serán exigidos más requerimientos que los establecidos en la ley.

La LSCA incorpora un enfático reconocimiento acerca de la importancia del pluralismo y la diversidad. Además de los compromisos recogidos por la ratificación de la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales de la Unesco (http://bit.ly/S8hlDl), la ley recoge lo dicho por los relatores de Libertad de Expresión de ONU, OEA, Europa y Africa que, en el año 2001, en su Declaración Conjunta (http://bit.ly/T34ui2) recomendaron: “La promoción de la diversidad debe ser el objetivo primordial de la reglamentación de la radiodifusión; la diversidad implica igualdad de género en la radiodifusión e igualdad de oportunidades para el acceso de todos los segmentos de la sociedad a las ondas de radiodifusión”.

En relación con la universalidad del acceso a los medios de comunicación como un soporte fundamental para el ejercicio del derecho humano a la libertad de expresión, que la ley establece en los artículos 2, 3, 72 y 153, afirma la Corte Interamericana de Derechos Humanos en su Opinión Consultiva 5/85: “Son los medios de comunicación social los que sirven para materializar el ejercicio de la libertad de expresión, de tal modo que sus condiciones de funcionamiento deben adecuarse a los requerimientos de esa libertad. Para ello es indispensable la pluralidad de medios y la prohibición de todo monopolio respecto de ellos, cualquiera fuera la forma que pretenda adoptar” (http://bit.ly/hvuZ5w).

La Corte Suprema de Justicia de la Nación, el pasado 22 de mayo, al resolver el resonado expediente por la vigencia de la medida cautelar por el artículo 161 para el Grupo Clarín, entendió que “no existen argumentos que relacionen directamente la norma de desinversión con la libertad de expresión. Ello resulta necesario, porque en todo el derecho comparado existen normas de organización del mercado en el campo de los medios de comunicación, sin que su constitucionalidad haya sido cuestionada de modo genérico. Debe existir una afectación concreta de la libertad de expresión para invalidar una norma de regulación de la competencia, lo que en el caso no se ha demostrado” (http://bit.ly/KJRX4y).

El espacio público construido por los medios de comunicación asume hoy una centralidad primordial para conformar nuestra percepción de la realidad social y política, para determinar la agenda pública de necesidades a ser atendidas y desde donde la ciudadanía obtiene buena parte de las herramientas que la ayudan a aprehender el universo de la cotidianidad. Ese debe ser el lugar de la democracia, el pluralismo y la diversidad. Los negocios son otra cosa.

* Docente de Cs. de la Comunicación (UBA), secretario de la Comisión Directiva del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS).

** Docente de Cs. de la Comunicación (UBA-UNLP), director del área de Comunicación del CELS.

*** Docente de Cs. de la Comunicación (UBA).

MEDIOS Y COMUNICACION

Cine comunitario y organización popular

Sol Benavente y Ramiro García, participantes del reciente Festival Internacional de Cine y Video Alternativo y Comunitario realizado en Colombia, presentan la experiencia desde la perspectiva de la comunicación popular en América latina.

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Por Sol Benavente* y Ramiro García**

Del 14 al 21 de septiembre pasado se realizó en Ciudad Bolívar, zona sur de Bogotá, el V Festival Internacional de Cine y Video Alternativo y Comunitario Ojo al Sancocho (www.ojoalsancocho.org). Ciudad Bolívar es una de las zonas más pobres y estigmatizadas de la capital colombiana, pero al mismo tiempo, reconocida por su organización comunitaria y su promoción cultural. En esta parte de la ciudad, donde la mayoría de sus fundadores y habitantes son víctimas del desplazamiento forzado y de la violencia que vive el país hace más de 50 años, la población ha ascendido de 20.000 personas en la década del ’90 a más de 800.000 en la actualidad.

Democratizar la producción audiovisual comunitaria en este territorio implica promover procesos de organización y autorrepresentación en las comunidades que rompan con los discursos monocordes de los medios de comunicación hegemónicos, abriendo nuevos horizontes de participación y creación.

En el Festival participaron invitados de Argentina, Bolivia, España, Guatemala, México, Ecuador, Sahara Democrática y más de 12 organizaciones de distintas localidades de Colombia. Durante toda la semana se organizaron en distintos barrios populares 31 proyecciones; se debatió en cinco foros y se trabajó en trece talleres de producción audiovisual comunitaria.

Los talleres estuvieron orientados a promover una idea común entre los organizadores del festival, las organizaciones y realizadores invitados: el cine no es privativo de una élite artística que domina la técnica, sino que debe ser la expresión viva de los pueblos. O, como afirmaba el filósofo argentino Rodolfo Kusch: “... Hacer arte supone una revelación, porque implica sacar a relucir la verdad, que yace en lo más profundo del país, para llevarla a escena, al papel o al cuadro. Pero hacer eso entre nosotros, significa crearlo todo de nuevo (...) Se plantean entonces dos cosas: o se escribe para la gente feliz y limpia o se trabaja para darle al pueblo una expresión. Nuestra verdad está en el charco y no en la traducción de La Divina Comedia...”.

Bajo esta premisa se trabajó en Ciudad Bolívar con jóvenes, con la comunidad Lgtbi, con mujeres adultas mayores, con niños, niñas y adolescentes de escuelas y centros comunitarios de la localidad. En pocos días se acercaron los elementos básicos del lenguaje audiovisual para que crearan sus propios cortometrajes. De allí surgieron animaciones, ficciones, documentales y videoclips que condensan sueños, preguntas, reflexiones, temores, denuncias y recuerdos de la comunidad.

La trama comunitaria y la resistencia popular no sólo se palpitó en los talleres o en las proyecciones, sino también en los vínculos creados, los lugares conocidos, las comidas compartidas, las palabras aprendidas. Partiendo desde la comunidad, se debatieron estrategias para generar transformaciones estructurales y profundas en la sociedad y la cultura, como la sanción de una ley de medios democrática. Tomando la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (26.522) de Argentina como modelo en este campo, se llamó a la organización local, nacional e iberoamericana para desactivar la concentración mediática y multiplicar las miradas desde el territorio.

Frente a la guerra interna y los desplazamientos forzados, los paramilitares y la “limpieza social”, la pobreza y los “ghettos”, el entramado comunitario de Ciudad Bolívar elige el arte y la cultura como herramienta de reflexión, de memoria y de transformación social. Recuperando la herencia de Jorge Gaitán, líder popular colombiano asesinado en 1948, el Festival Ojo al Sancocho es una experiencia que busca desarrollar “una sensibilidad, una capacidad plástica para captar y resumir en un momento dado, el impulso que labora en el agitado subfondo del alma colectiva...”.

El Sancocho es un plato tradicional de Colombia, que en la mezcla de varios ingredientes y condimentos, se logra su tradicional sabor. Estos ocho días de Sancocho cultural en Ciudad Bolívar agrandaron la olla para seguir sumando relatos y protagonistas a la historia de la comunicación popular en América latina.

* Licenciada en Ciencias de la Comunicación, maestranda en Comunicación y Cultura de la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Centro Cultural de la Cooperación.

** Egresado de la carrera de Realización de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (Enerc) y coordinador de la Asociación Civil Cine en Movimiento.

MEDIOS Y COMUNICACION

Comunicación entrecortada

Hugo Muleiro, quien acompañó en su condición de periodista los recientes comicios venezolanos, analiza las diferencias entre la vivencia del proceso político por parte de la población y la tensión dramática construida por el conjunto de los medios de comunicación.

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Por Hugo Muleiro *

Los procesos políticos de cambio en varios países de América latina plantean a los medios de difusión, los convencionales y los “nuevos”, desafíos y tensiones, cuya salida o resolución son de pronóstico muy difícil. Lo que está a la vista, y pudo verificarse otra vez el 7 de octubre en Venezuela, es que los actos electorales potencian la complejidad del problema y aumentan la distancia entre la realidad y los contenidos en diarios, radios y canales de televisión, hasta volverla a veces abismal.

La participación de más del 80 por ciento de venezolanos habilitados para votar en una elección que no es obligatoria, el transcurrir normal de la jornada por encima de algunos inconvenientes aislados y un escrutinio reconocido por los actores políticos no se corresponde en nada con las tensiones profundas planteadas por buena parte de los medios opositores en vísperas del 7 de octubre.

Esa asistencia a las urnas y el respeto al resultado llevan a pensar entonces en que una porción significativa del electorado sí confía en el acto democrático que significa votar, en sus efectos y en su contexto: todo ello fue y es ignorado o negado por los medios de la derecha local y continental.

Como dice la socióloga venezolana Maryclén Stelling, aun en la derrota la coalición opositora consiguió un avance en su caudal electoral, después de una campaña en la que realizó actos multitudinarios. El candidato, Henrique Capriles Radonski, obtuvo ese capital político con un discurso que, exceptuando algunos intercambios agresivos directos con el presidente Hugo Chávez, no se sustentó en la irritación sin límite ni en la amenaza del desastre final e inminente, tal como es planteada con frecuencia por los medios que combaten al gobierno.

A partir de una base minoritaria asegurada, opositora permanente a Chávez, la coalición que respaldó a Capriles Radonski consiguió adhesiones entre quienes debían decidir si optaban por él o por su adversario. Esto equivale a decir que tuvo “audiencia” entre sectores que no estaban cautivos del mensaje mediático más rabioso, el que por ejemplo por boca del otrora dirigente progresista Teodoro Petkoff usó la tribuna del canal Globovisión en las postrimerías de la campaña para llegar al ridículo de negar la reducción de la pobreza en Venezuela, los avances en la superación del analfabetismo o la construcción de viviendas.

Esto abre una hipótesis que excede inclusive a Venezuela: la construcción de alternativas políticas a los gobiernos de la región es insatisfactoria si se sustenta únicamente en una descripción de la realidad y unas campañas hostiles que numerosos conglomerados mediáticos acometen ajustándose a la medida muy restringida de sus intereses empresariales específicos. Los dirigentes que se apegan a esta mecánica como único recurso para alimentar sus proyectos corren el riesgo de quedarse sin nexo con las sociedades y pueden caer, como hemos visto, en el esperpento de negar resultados incontrastables, o en el de quedar asociados a maniobras y sobreactuaciones televisadas que, por su inconsistencia, se esfuman en un suspiro.

Periodistas que fuimos parte del acompañamiento internacional de los comicios en Venezuela dijimos en nuestras conclusiones que la jornada electoral no expresó, ni siquiera en mínima proporción, la tensión dramática expuesta por el conjunto de los medios de difusión. Hubo allí una distancia palpable y evidente, que involucra a defensores y detractores del gobierno que intervienen en la comunicación.

Siguiendo esta línea, queda espacio para pensar en que unos y otros les hablan habitualmente a sus audiencias “duras”, a los incondicionales de sus posiciones y enunciados, de alguna manera a sus “militantes”.

Como sucede en parte en la Argentina, porciones muy significativas de los espacios mediáticos que en Venezuela se destinan a la defensa del gobierno de Hugo Chávez están enfocados en la tarea fatigosa de desmontar cotidianamente operaciones de los conglomerados privados dominantes. Asumiendo que se trata de una tarea que es legítimo y necesario acometer, parece a la vez claro que no llega a tomar la envergadura de una construcción propia, no atada a la iniciativa del “otro”. En contraposición, el anuncio ininterrumpido de desastres y catástrofes, la presentación permanente del apocalipsis, tiene a su vez audiencia limitada, aunque con un núcleo fiel y constante.

Parece posible afirmar entonces que el intento de dirimir la disputa por el poder a través de este sistema de ataque y defensa en los medios de difusión crea, paradójicamente, una crisis de comunicación con sectores significativos de la sociedad.

* Periodista, secretario de Comunicadores de la Argentina (Comuna).

 

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