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miércoles, 28 de noviembre de 2012


Héroes

Cecilia Escudero analiza los nuevos héroes que presenta la televisión mundial en sus series.

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Por Cecilia Escudero *

Los antihéroes son los héroes reales y creíbles de la TV global. O, por lo menos, es una lectura a la que podría arribar todo asiduo espectador de series televisivas de cable, emitidas durante la última década y media. Ya inaugurado el siglo XXI, las grandes cadenas estadounidenses reforzaron la oferta de una ola de ficciones que combinaban con destreza líneas argumentales complejas, producción cinematográfica e intriga exacerbada. Cualquier enumeración sería arbitraria. Pero series como The Sopranos, Lost, Mad Men, The Wire o Breaking Bad, entre decenas, no dejaron de sembrar “serieadictos” en esta nueva “época dorada” de la TV, heredera de modos de narrar pioneros, como el de la más antigua Hill Street Blues. Con todo, este “boom” comenzó a funcionar como caldo de cultivo para la creación de personajes protagónicos distintos, acordes con una pantalla chica renovada.

Así, si la atención se centrara en aquellos susceptibles de ser descriptos como héroes, se podría destacar tres de los que ya se encuentran elevados a la categoría de íconos: es el caso de Dr. House de la serie House M. D, Jack Bauer de 24 o Dexter Morgan, de la serie Dexter. Este trío tiene un carácter heroico innegable. En cada caso, los personajes despliegan virtudes superiores al resto de los mortales, y sus labores merecen el agradecimiento de terceros beneficiaros. House cura enfermedades que nadie logra vencer; Bauer salva nada menos que al pueblo estadounidense de las garras del terrorismo internacional, y Dexter se dedica a terminar con la vida de los criminales que una policía negligente no consigue encarcelar.

Al mismo tiempo, estos tres héroes tienen un costado ambiguo y miserable. El primero, como es conocido, hace del sarcasmo su sello personal, maltrata y se burla de pacientes y colegas; el segundo se muestra noble pero tortura a quien convenga, sean amigos o enemigos, y el tercero alcanza un goce psicológico siendo un asesino serial implacable. Todos ellos persiguen fines nobles, aunque su carácter y sus métodos sean, en extremo, poco ortodoxos. Así y todo, no se trata de caracterizaciones aisladas. Por el contrario, la incorrección política, la ambigüedad moral o el cinismo dieron forma a estos tres celebrities televisivos al igual que a muchos de sus coetáneos. Si seguimos con la lista, aparecen los muy ambiguos y ya históricos Tony Soprano, John Locke, Don Draper, Omar Little, etcétera. También hay mujeres: Patty Hewes (de la serie Damages) y Jackie Peyton (de Nurse Jackie), entre las destacadas.

Ahora bien, la multiplicación de este tipo de personajes en la TV mundial, ¿habla de la constitución de un nuevo verosímil de héroe? Es decir, ¿contribuye a la reconfiguración de la noción de lo “heroico” que se reserva el imaginario social?

La posibilidad de un recambio en el modelo podría refutarse con el argumento de que Joseph Campbell o Umberto Eco postularon que el héroe en la cultura de masas se caracteriza precisamente por su ambigüedad, su tendencia autodestructiva o por la transgresión de las normas impuestas en la sociedad, entre otras cosas.

Asimismo, si bien siempre hubo antihéroes que rompían con el canon del héroe valiente, incorruptible y desinteresado (como ocurrió con fuerza en los setenta), esa corriente estuvo lejos de ser predominante, por lo menos, para los parámetros hegemónicos televisivos.

Con todo, más allá de la validez del planteo, ¿por qué los antihéroes se convirtieron en los héroes verosímiles de nuestro tiempo? Una línea de lectura podría establecerse en el hecho de que estos personajes, más que representar los ideales de una sociedad, representan sus deseos y temores. Contribuyen al surgimiento de una nueva utopía que tiene al héroe amoral, pragmático y cínico como fuente de solución de buena parte de los problemas sociales contemporáneos. Por caso, House, Bauer y Dexter hacen lo que las tres grandes instituciones en las que trabajan, pese a sus recursos y burocracia, no logran: es decir, ellos ofrecen salud, seguridad y justicia a los ciudadanos. Los tres personajes revalorizan la iniciativa al tiempo que encarnan la falta de creencia en el rol de las instituciones. La “farsa” en la que parece haberse convertido la realidad que habitan promueve la creación de seres sin ideales, especialmente ambiguos y con un anclaje ético flexible o privado. El carácter valeroso o intachable de otras épocas se vuelve inverosímil ante las exigencias de alcanzar el objetivo buscado a cualquier precio.

Entretanto, el espectador activa su mecanismo consolatorio: sabe que alguien hace el trabajo “sucio” por él.

* Periodista. Comunicación UBA.


La comunicación popular en la escuela

Hernán Bañez plantea la necesidad de incorporar la perspectiva de la comunicación popular en las prácticas escolares como modo de ampliar verdaderamente el derecho a la comunicación.

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Por Por Hernán Bañez *

La total aplicación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual desde el 10 de diciembre genera una configuración comunicacional diferente que dará lugar a otros espacios de producciones culturales y periodísticas para nuevos sectores de la población. El acceso a licencias por parte de entidades sin fines de lucro como universidades, organizaciones sociales y sobre todo escuelas acentúa la multiplicidad de voces y el crecimiento de un mapa de medios con una lógica de oferta hacia la audiencia, habitual en los medios públicos. Y es la escuela un lugar clave donde el cambio de época se debe empezar a trabajar.

Los medios masivos tradicionales forjan en la sociedad una construcción de la realidad que influye en lo social, subjetivo e identitario. Hoy se les endilga a los medios, en tanto productores de industria cultural, promover ideales consumistas, discriminatorios y banales, cuando en realidad deberían ser reflejo de la sociedad a la que pertenecen. En esta coyuntura la escuela necesita ser un espacio de construcción de conocimiento colectivo para poder discernir cuál es la influencia de los medios masivos en nuestra sociedad contemporánea, a través de la enseñanza de los derechos humanos y la comunicación.

Hoy la construcción de conocimientos de prácticas de la comunicación en la escuela se hace relevante para la comprensión de la vida en sociedad. El docente cumple un rol fundamental en ese sentido para resignificar, a través de prácticas escolares, la percepción del mundo construida por los medios. Y la comunicación en su vertiente popular puede ser la respuesta.

La comunicación popular es naturalmente contrahegemónica y propone que emisor y receptor mantengan una relación entre pares, algo que no está aprehendido en nuestra sociedad. Que los alumnos se encuentren con la oportunidad de crear sus propios diarios escolares, portales, documentales (por medio de sus cámaras personales y no una profesional) o programas de radios, con sus propias herramientas y lenguajes, lejos de los formalismos impuestos hegemónicamente, será la primera experiencia hacia la vivencia plena del derecho a la libertad de expresión y las responsabilidades que eso conlleva.

Los chicos deben acceder a la educación en comunicación, ya sea de medios o no, a través de nuevos modos de producción en diferentes lenguajes y soportes, permitiéndoles cambiar su percepción del mundo y de sí mismos. Acceder a una comunicación no profesional que puede ser realizada por cualquier persona de una comunidad es lo que la hace definitivamente popular. Liberarlos de la agenda y formatos imperantes les permite ser ellos mismos frente a un micrófono, una pantalla o una cámara, aunque sea difícil (y lleve su tiempo) entender que el tema que aqueja a su comunidad inmediata es tanto o más importante que el escándalo de la vedette de turno.

Pero tal vez hoy el mayor conflicto sea la realidad áulica, debido a que los docentes encargados de trabajar estos contenidos no estarían suficientemente concientizados de la importancia de la comunicación popular en los tiempos que se avecinan. De hecho, en los diseños curriculares de todas las materias del área de comunicación de la provincia de Buenos Aires no aparece siquiera el término “comunicación popular”, toda una cuenta pendiente para una sociedad en conflicto, ya que la comunicación popular es una práctica sociopolítica y cultural que es expresión del conflicto entre saberes. En este contexto, es la escuela a través de sus docentes la que debe facilitar los caminos para producir nuevos sentidos.

La comunicación popular es la forma de producir relatos nuevos, enfrentados históricamente a los relatos de los discursos dominantes, como el del miedo, el individualismo y el odio. Permite un desarrollo endógeno de la comunidad y lleva con ella la voluntad de romper silencios impuestos. Es en la escuela donde se debe recuperar la palabra. A través de la producción de mensajes propios que generen nuevos relatos, los chicos pueden cambiar la percepción de la realidad y promover una visión más crítica del mundo. Así, la comunicación popular se convierte en un espacio de constitución de nuevos actores y nuevas subjetividades que descubrirán la posibilidad de poner en la agenda pública un bagaje cultural propio, que al mismo tiempo les permita abrir un nuevo horizonte laboral y profesional.

Tal vez sea ésta la real importancia de que los chicos se expresen dándoles nuevas herramientas, porque escucharlos a ellos es escuchar al futuro, y dar paso a un nuevo mundo sin olvidar las enseñanzas que nos deja el pasado.

* Licenciado en Publicidad y

Especialista en Comunicación UNLZ.

 

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