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miércoles, 26 de octubre de 2011

medios


MEDIOS Y COMUNICACION

Criminología mediática

Roberto Samar cita al juez Raúl Eugenio Zaffaroni para avanzar sobre el tema de “la criminología mediática”.

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Por Roberto Samar *

Un tipo de relato recorre la mayoría de las producciones de las industrias culturales: se basa en la idea central de una sociedad bipolar, donde “los buenos” luchan contra “los malos”. En ese esquema no hay posibilidad de cambio, sólo son posibles soluciones coercitivas: la eliminación del mal o bien el encierro por tiempo ilimitado de quien lo represente. Ese discurso se replica en series, dibujitos, videojuegos y películas, y con el tiempo inciden en nuestra subjetividad y nuestra forma de percibir la realidad.

En ese sentido, según el juez de la Corte Suprema Raúl Eugenio Zaffaroni, “la criminología mediática crea la realidad de un mundo de personas decentes frente a una masa de criminales identificada a través de estereotipos, que configuran un ellos separado del resto de la sociedad, por ser diferentes y malos”.

Lo complejo es que ese relato aplicado a las políticas de seguridad nos lleva a pensar que en la cárcel están detenidos “los malos” de la sociedad. Por lo cual vivimos en la fantasía de que si hay más detenidos estamos en una sociedad más segura.

El detalle es que el sistema penal no detiene a “los malos”, sino que afecta directamente a las personas con carencias (sean de recursos económicos, intelectuales, de capacidad laboral). Porque el sistema de detención se aboca a los casos más fáciles y a los que cuentan con menos herramientas para defenderse. Asimismo, en el imaginario colectivo de nuestra sociedad se asocia la figura de jóvenes de los barrios carenciados con ese lugar del peligro y del mal que acecha, lo cual es funcional a esa misma selectividad del sistema penal.

Para ilustrar las vulnerabilidades de nuestra población detenida, en el informe del Sistema Nacional de Estadísticas sobre Ejecución Penal del año 2007 se sostiene que en el plano educativo, el 47 por ciento tiene sólo el primario completo y hay un 23 que ni siquiera logró terminarlo. Asimismo, el 55 no tenía profesión ni oficio al momento de la detención. En el mismo sentido, cabe aclarar que el 58 por ciento de los detenidos son procesados, es decir son técnicamente inocentes.

Sin embargo, otra idea que se encuentra muy naturalizada es que, de manera lineal, con más detenciones obtenemos más seguridad. Pero los números indican otra cosa. Internacionalmente, para comparar los niveles de inseguridad y violencia se utiliza la tasa de homicidios, ya que prácticamente no contiene subregistros.

Nuestra tasa es de 5,4 homicidios intencionales por cada 100.000 habitantes. Esta cifra es inferior al 5,8 de Estados Unidos, y al el 28,5 de Brasil. (Fuente: Naciones Unidas, Office on drugs and crime, International homicide statistics, www.unodc.org/documents/dataa nd-analysis/IHS-rates-05012009.pdf). Pero nosotros tenemos 134 detenidos cada 100 mil habitantes. Estados Unidos tiene 751 detenidos y Brasil 220. Claramente, no hay un relación lineal entre las detenciones y la cantidad de homicidios, ya que tenemos menos homicidios y menos población encarcelada.

Otra consecuencia directa de este discurso es que tiende a estigmatizar a la persona que padeció una situación de encierro. Si representa “el mal”, cuantos más años de detención mejor, y ojalá que nunca recupere la libertad. Para este paradigma, el detenido “es un delincuente”, no una persona que delinquió en un momento particular. Ese pensamiento no deja posibilidad al cambio ni da lugar a esquemas de inclusión social pospenitenciaria. Este discurso del miedo cierra puentes. Obviamente, la falta de redes de inclusión y de alternativas es funcional a la reincidencia y al aumento de la violencia.

Paralelamente, este discurso hará que “la gente” atemorizada se aísle, abandone los espacios públicos, se traslade a barrios privados y profundice su individualismo. Es decir, que tienda a desvincularse de los demás. En consecuencia, se debilita el tejido social y se profundiza la segmentación de la población.

Como conclusión, es necesario tener presente que ni los discursos de entretenimiento que circulan en los medios masivos de comunicación son neutrales, muchas veces inciden en la construcción de las subjetividades y en la naturalización de falsas soluciones. Probablemente, generar otros discursos y prácticas inclusivas sean pilares importantes en la tarea de construir una sociedad más segura para todos.

* Licenciado en Comunicación Social, docente de Filosofía Política Moderna UNLZ.

MEDIOS Y COMUNICACION

Utopía

Lucía Caruncho sostiene que la comunicación reproduce el statu quo, pero al mismo tiempo es la comunicación la que permite poner en jaque lo obvio, lo naturalizado.

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Por Lucía Caruncho *

Tipos, arquetipos, roles, estereotipos, modelos, fenotipos, se debaten, se mezclan, se cruzan en el discurso mediático. El habla, los enunciados, las palabras, articulan imágenes del mundo. La comprensión del otro es, en el discurso de los medios, siempre y necesariamente simplificadora. Es en esta tensión constante entre lo dicho y lo omitido que se construye la significación de la realidad, donde la política y lo político no son ajenos.

En períodos preelectorales, la maquinaria discursiva de los actores políticos se disputa, más que nunca, el espacio simbólico. La derecha, la izquierda, el centro, los progresistas pujan por ocupar un lugar dentro del espectro ideológico político, pujan por asociar su figura a la salud, la seguridad, la educación, la igualdad, la integración, la equidad. Los partidos políticos, los planes, los programas de gobierno quedan relegados en pos de la transmisión de símbolos. El marketing político discute con la propaganda, ambos buscan su lugar entre los indecisos, los desencantados, los apolíticos.

El cambio, la transformación, lo hecho, no reconocen logros fuera de su partido. La historia misma se difumina tras los personalismos. La verdad y la mentira, lo bueno y lo malo, lo lindo, lo feo legitima los discursos políticos. Mientras tanto la crisis de representación y de los partidos políticos sigue su camino. Los grandes relatos se abaten, se derrumban. La ciudadanía se debate entre las ideas y el contenido, entre las formas y el carisma. La ciudadanía se agrieta, se deprime, se privatiza y encuentra en el voto la expresión insatisfecha del descontento político.

Las reglas, las normas, las pautas se materializan en instituciones sociales, políticas, culturales, su existencia regula los comportamientos ciudadanos y políticos. La forma en que se respetan, se ejecutan, se implementan depende en gran medida de cómo se entienden, de cómo se significan, de cómo se comunican. La pérdida de legitimidad de las instituciones políticas pone a los medios de comunicación en el centro de la escena. El discurso mediático define visiones políticas antagónicas, integra la política al discurso, al mismo tiempo que la resiste, la desprestigia. La política no se incorpora a la comunicación como forma de representación, lo político se desvirtúa en la calumnia y la política genera operaciones mediáticas en búsqueda de la legitimación.

Sin embargo, las ideologías no han muerto ni ha llegado a su fin la historia del mundo. La hegemonía predicada, la visión dominante, se encuentran en tiempos mediáticos peleando por subsistir. La crisis es crisis, es mutación, transformación y cambio de significación. Altera los signos, la comprensión, la interpretación, la orientación. Al cuestionarse el sentido común se interroga el origen, las raíces, las representaciones y con ello necesariamente la historia. La comunicación reproduce el statu quo, los estereotipos y modelos sobre los que se asienta la significación del mundo. Pero es también la comunicación revolucionaria en su misma esencia al permitir poner en jaque lo obvio, lo dicho, lo normalizado, lo naturalizado.

Es en la comunicación donde se transmite la creencia, la creencia en un cambio, es en la comunicación donde se interroga la historia, es por tanto en la comunicación donde reivindicar los derechos humanos, sociales, étnicos, culturales, sexuales, económicos, individuales, políticos, raciales. El cambio es institucional pero también y fundamentalmente sociocultural.

Si los medios sólo transmiten imágenes de inseguridad, pobreza, suicidios, muertes, asesinatos, homicidios, el discurso único es que cada vez se está peor. Es ésa la creencia imperante.

Pero existen personas que día a día trabajan en pos de la integración, que contribuyen a erigir mejores condiciones de vida, que construyen política. Son sujetos anónimos, son gestos ignorados, es que lo que no se ve no existe. No se niega que aún se precise de cierta ingenuidad para creer en democracias ideales, pero son eso, ideales, modelos, hacia dónde ir, construir.

En la medida en que hay una idea, sea ilusoria u optimista. En la medida en que hay creencias, en que se reconocen intereses, conflictos, poder, es en esa medida en que se hace. Es en la medida en que se hace, en que se transforma lo público, que se integra, que se rescata la historia, que se construye identidad, identidad para ser, para hacer, para creer.

Si las ideologías han muerto, las creencias, los valores, la política, lo político ha muerto. Si no se cree en algo, si no se cree en una sociedad más justa, más equitativa, más integrada, nada puede hacerse. Queda la nada, sin antes, sin después, sólo la nada.

* Maestranda en Ciencias Políticas y Sociología (Flacso


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