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jueves, 23 de abril de 2009


La pelea privada del señor Allen
(Por Edgardo Ritacco, director periodístico de adlatina.com) - En abril del año pasado, una marca de ropa interior de Estados Unidos utilizó sin permiso la imagen de Woody Allen tomada de escenas de la película Annie Hall. Hubo un reclamo por 10 millones de dólares que el anunciante rechazó de plano. Desde ese momento se desató una batalla legal entre los equipos de abogados del realizador y la empresa textil, que fue subiendo de tono hasta llegar a remover los escándalos sexuales de la vida del cineasta. Ahora, a pocos días del fallo de la corte de Manhattan, la pelea está en pleno apogeo.
Esta historia empezó hace un año, días más, días menos. Fue cuando Woody Allen montó en cólera al ver que tanto en Nueva York como en California habían aparecido carteles de vía pública reproduciendo imágenes suyas de la película Annie Hall –un film profusamente premiado, aparecido en 1977- pero formando parte de una campaña para la ropa interior y deportiva American Apparel. Avisos de los que jamás Allen se había enterado ni, en consecuencia, había autorizado.
El pedido fue fulminante: 10 millones de dólares para resarcir el daño que, según el veterano cineasta (hoy de 73 años), le había producido esa irrupción impensada en su imagen. “Es una publicidad barata, detestable, adolescente”, bramó el cerebral hacedor de Manhattan.
Ahora, con la mirada puesta en el 18 de mayo próximo, día en que una corte federal de Estados Unidos fallará en torno al caso, la pelea ha subido considerablemente su volumen. Y es que la firma de prendas de vestir, lejos de amedrentarse con las palabras de Allen, subió la apuesta, desde el rechazo de la demanda hasta todo un operativo de investigación de la vida privada del director, que ha puesto los pelos de punta a la prensa del espectáculo dentro y fuera del país del norte.

Pirotecnia legal
Al entablar la demanda contra la empresa, los abogados de Allen dijeron que su defendido “es uno de los grandes del cine norteamericano, a la par de Clint Eastwood y Frank Sinatra, y que el uso de su imagen implica falsamente que él respalda a los productos de baja calidad de AA y daña su reputación”.
Pero mientras la mayor parte del público esperaba que la compañía retrocediera espantada, la respuesta salió cortante: “Woody Allen no puede perder su reputación porque ya no tiene ninguna después de su affaire con Soon-Yi”. Huelga recordar que estaban hablando del escándalo que se produjo en 1992, cuando su compañera de entonces, Mia Farrow, descubrió su relación con la hija adoptada de la mujer, lo que produjo la inmediata separación de la pareja. (Allen terminó casándose con Soon-Yi cinco años después).
En rigor de verdad, los carteles publicitarios de AA permanecieron menos de una semana en sus pantallas, detalle que no dejó pasar el abogado Stuart Slotnick, el cacique del estudio que asiste a la firma en esta batalla: “El señor Allen está pidiendo 10 millones por el uso de su imagen en carteles que aparecieron y desaparecieron en cinco días –dijo a la prensa con una sonrisa segura y calma-. Creo que está sobreestimando el valor de su imagen. Estamos convencidos de que después de los varios escándalos sexuales con que se lo ha asociado, el deseo que puedan tener las empresas de Estados Unidos por tenerlo como respaldo de sus productos ya no es lo que él cree que es”.
La AA lanzó de inmediato un ataque devastador sobre el director de Crimes and Misdemeanors: empezó a indagar sobre su vida familiar y finanzas personales, hasta convertir ese movimiento “en algo beligerante, al exigir documentos y contactar a allegados del realizador, incluida su propia hermana”, según juran sus representantes legales.
El abogado Slotnick no disimuló los objetivos de la compañía: “Vamos a hacer de las relaciones de Allen con la actriz Mia Farrow el eje del juicio”.

Más que una molestia
Estos cruces y amenazas no han hecho otra cosa que sacudir la vida generalmente tranquila y previsible del director, un hombre reacio a los viajes y a las molestias terrenales, menesteres que sólo se permite cuando median razones de mucho peso (dígase muchos dólares) y fuerte contenido publicitario. Justamente él, que suele cuidar todos los detalles de su carrera –de la misma forma en que cuida obsesivamente la trama y las imágenes de sus películas- se ha visto de pronto entreverado engorrosamente con una marca de ropa interior que parece estar muy lejos de su galaxia personal.
Uno de los avisos muestra un cuadro de Annie Hall, en el que Allen aparece vestido como un judío ortodoxo con larga barba y sombrero negro, acompañado de un texto en yiddish junto a las palabras “American Apparel”. La otra pieza de vía pública lo tiene sentado con las rodillas levantadas, con medias largas blancas atravesadas por tres rayas color bordó.
“No se confundan, señores. Lo que estamos haciendo no es en absoluto una bajeza”, se atajó luego, siempre con suavidad, el inefable doctor Slotnick. “Traer a colación la vida sexual de este hombre es perfectamente lógico. Fíjense en el caso de nadador olímpico Michael Phelps: cuando se divulgó su fotografía fumando marihuana, perdió gran parte de su valor de promoción”.
Los avisos de AA son bien conocidos en Estados Unidos por su característica provocativa: casi siempre apelan a modelos jóvenes vistiendo ropas escasas, ajustadas o, en algunos casos, transparente. Para Woody, esa publicidad es “sórdida e infantil”, curiosa combinación de dos adjetivos que no suelen asociarse con una misma cosa.
Puesto a opinar sobre publicidad, el realizador se explayó sin cortapisas: “No hice nunca un comercial, pero si lo hiciera alguna vez, tendría que ser muy ingenioso, gracioso o de estilo intelectual –abundó-. Además, cobraría mucho dinero. Hacer uno para American Apparel sería como hacerlo para un desodorante o una marca de cigarrillos”. Al parecer, la ropa común no le despierta ideas demasiado elevadas.
Cuando, rebuscando en el pasado, los abogados de AA tropezaron con las fotografías que Allen tomó en su momento de Soon-Yi Previn desnuda, no dudaron en rotularlas como “la medida exacta de lo que es el escándalo sexual”. En cambio, los hombres del bufete Loeb & Loeb –que asisten al cineasta- consideran a la búsqueda de documentos escandalosos como algo “vejatorio, opresivo y acosador”.

El fantasma de Groucho Marx
A lo largo del año que lleva la batalla, muchos admiradores y exégetas de Woody Allen no pudieron sustraerse a la tentación nostálgica de comparar estas escaramuzas legales (menores, aunque haya 10 millones de dólares de por medio) con la profundidad de Annie Hall, una película que protagonizaron en 1977 Diane Keaton y el propio Allen, y que ganó cuatro Oscars de la Academia, entre ellos el de mejor director y mejor película del año.
Para el estudio Loeb & Loeb, “el uso no permitido de la imagen del director de cine por parte de American Apparel es atroz y dañino, más todavía porque él no se dedica a la promoción comercial de productos o servicios en Estados Unidos”.
Otros cinéfilos, al enterarse del carácter de la disputa, recordaron la absurda discusión que sostuvieron en los años ‘40 los estudios Warner Brothers con el genial cómico Groucho Marx, cuando éste, cinco años después del estreno del film Casablanca, lanzó una parodia cinematográfica que tituló Una noche en Casablanca. En ese momento, la sola idea de que Marx estaba trabajando en una película con ese titulo quitó el sosiego al gigante de Hollywood, que comenzó a bombardearlo con cartas intimidatorias. En aquellos momentos, con su habitual mordacidad, Groucho les respondió con una carta desopilante, en la que refutaba la idea de no poder usar la palabra Casablanca. Les pregunta allí, por ejemplo, “¿Qué les parece entonces Warner Brothers? ¿Eso también les pertenece? Tal vez tengan derecho a llamarse Warner, pero ¿Brothers? Nosotros mismos nos llamamos Brothers mucho antes que ustedes adoptaran ese nombre”. La carta prosigue, hasta componer un texto imperdible.

Un caso intrincado
Según fuentes imparciales, el caso es bastante peliagudo, legalmente hablando. Es cierto, por un lado, que nadie puede utilizar impunemente la imagen de otro sin tener el permiso, y, cuando corresponda, haber pagado los derechos del caso. Pero –dicen desde el otro bando- una foto de Woody Allen vestido como un rabino no puede valer 10 millones de dólares, ni nada que se le parezca. Alguien deslizó que el jurado de Manhattan debería tomar prestada una página de Salomón y darles a ambas partes una espada, para que resulte ganador el primero que grite cuando corten al niño por la mitad. Claro que aquí no está tan claro donde está el niño. Woody Allen seguramente no lo es, pero la empresa textil menos que menos.

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