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miércoles, 28 de abril de 2010

Opiniones sobre los medios

MEDIOS Y COMUNICACION
Cuando la noticia es la política
La relación entre medios y política en América latina refuerza hoy su tono de disputa. Integrantes del Observatorio de Política Latinoamericana Noticias del Sur parten de la idea de que la situación que se vive hoy es el resultado de que los gobiernos buscan recuperar el terreno cedido a los poderes mediáticos.
Por Emiliano Flores, Federico Vázquez y Emanuel Damoni *
Cuando Tancredo Neves decía “Yo me peleo con el Papa, con la Iglesia Católica, con el PMDB, me peleo con todo el mundo; yo sólo no me peleo con el Doctor Roberto”, sintetizaba un condicionamiento mediático al poder político que no era exclusivo del Brasil. Tancredo Neves fue el primer presidente electo después de una larga dictadura. El Doctor Roberto era Roberto Marinho, propietario de la Red Globo, consorcio mediático que reúne más de la mitad de la audiencia televisiva del país. La frase de Neves podría completarse con aquella de César Jaroslavsky en los ’80 cuando, haciendo referencia a Clarín, decía: “Hay que cuidarse de ese diario. Ataca como partido político y si uno le contesta, se defiende con la libertad de prensa”. El comportamiento de los medios masivos de comunicación como actor político tiene una historia prolongada en la región.
En las elecciones de 1989, Lula se presentaba por primera vez como candidato a la presidencia de Brasil, pero el Doctor Roberto tenía las fichas en Fernando Collor de Melo. La televisora Globo decidió jugar fuerte en la campaña. Puso al aire la ficción Salvador de la Patria, donde el personaje principal, Sassá Mutema, de origen humilde, se postula para ser alcalde de su pueblo. Sassá gana las elecciones, pero cuando llega al gobierno se ve involucrado en crímenes y hechos de corrupción. El mensaje era sencillo: Lula podría repetir esa decepción en la vida real.
Durante los años ’90 los gobiernos de nuestros países condujeron la privatización y desregulación de los medios masivos. Un pacto de no agresión entre gobiernos y medios estimuló la concentración de éstos en forma inédita. Sin embargo, a medida que las empresas del sector se integraron verticalmente (televisión, radios y diarios bajo un solo dueño), lograron consolidar una “opinión publicada” lo suficientemente fuerte como para desbalancear ese pacto original y condicionar al poder político.
Ese esquema fue acentuando sus rasgos extorsivos hasta que la crisis neoliberal de comienzos del 2000 impuso otro escenario en la región. En El nuevo topo, último libro de Emir Sader, el autor plantea que el avance de gestiones no ortodoxas en los gobiernos de América latina encontró una oposición de derecha cuya dirección ideológica e incluso política proviene de los medios de comunicación privados.
Durante los dos días que duró el breve golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002, RCTV, Globovisión y Venevisión transmitieron dibujos animados mientras en las calles decenas de miles de personas se movilizaban para recuperar el sistema democrático. También allí, en la previa al golpe, se ensayaron recursos como la pantalla dividida para “confrontar” un discurso presidencial con manifestantes opositores exaltados, técnica depurada en nuestro país durante el conflicto agropecuario de 2008.
¿Cuál es la razón profunda que lleva a los medios a jugar este rol? Una respuesta posible es la dificultad creciente de las fuerzas políticas conservadoras para imponer agendas ortodoxas, ante lo cual el lugar de vanguardia ideológica reaccionaria pasa a estar en los poderes mediáticos. Se trata de un fenómeno con diferentes intensidades, pero que se afianzó en toda la región. En Uruguay, las empresas privadas de televisión se negaron a cumplir con la cadena nacional que debía difundir la campaña por la nulidad de la Ley de Caducidad. La iniciativa quedó a sólo 2,03 por ciento de los votos necesarios para ser aprobada. ¿Cuánto habrá influido en ese guarismo la desobediencia mediática?
Quien se dé una vuelta por los diarios de América latina por estos días podrá encontrar titulares como estos: “El gobierno de Correa quiere que los medios rindan cuentas”, “Evo Morales criticó a la prensa por minimizar la victoria de su partido”, “Vázquez se refirió a los medios: sistemáticamente hacen oposición al gobierno”, “Lula criticó a los medios: no cubren con buena fe”.
Los medios concentrados se encuentran hoy con gobiernos democráticos que cuestionan su (oscura) legitimidad de origen, la posición dominante que tienen en el mercado y la intencionalidad política mal recubierta por el gastado barniz de la “independencia”.
No es una lucha contra la “libertad de prensa” –como los propios afectados señalan–, ni siquiera un cuestionamiento ideológico a la “libertad de empresa”. Se trata de algo más sencillo y elemental: la supervivencia de la política como espacio de la sociedad –y no de las corporaciones– desde el cual decidir las cuestiones públicas. La respuesta que los gobiernos de la región, con distintas velocidades, decidieron dar a este enfrentamiento es la intervención en el mercado comunicacional, regulándolo para ampliar el espectro de voces. Y eso es una buena noticia.
* Integrantes del Observatorio de Política Latinoamericana Noticias del Sur.
MEDIOS Y COMUNICACION
Editor (ir)responsable
Martín Becerra problematiza en torno de la ausencia o la falta de vigencia de la figura del editor responsable en los medios.
Por Martín Becerra *
El clima beligerante en donde “vale todo” con tal de humillar y, si es posible, aniquilar al adversario, como planteó Washington Uranga, (Página/12, 6/3/2010), se acentúa en los medios de comunicación en relación directa con el ocaso de la figura del “editor responsable”. ¿Quién se hace responsable de los verbos impersonales, de las noticias sin fuente fidedigna, de la repetición de acusaciones anónimas, de los “zócalos” de la pantalla televisiva que distorsionan el contenido de la información? No hay responsable editorial porque el combate exige emplear métodos sucios, relegando el respeto por la audiencia como un daño colateral.
Para Roger Chartier, “la edición es el momento en que un texto se vuelve un objeto y encuentra lectores”. El editor responsable es, así, quien se ocupa de seleccionar qué aspectos de la realidad serán noticia, bajo qué óptica serán editados y a quién estará dirigido el contenido elaborado. Y se hace responsable por ello.
El clima beligerante produce heridas no sólo entre rivales directos, también se extiende a actores secundarios, induce centrípetamente a tomar posturas maniqueas y demuestra su desprecio por la sociedad, relegada al rol de “tercero ausente”. En este clima, el encuentro de lectores es reemplazado por predicamentos facciosos.
Es cierto que las audiencias pueden, en el fragor del combate, interesarse por fórmulas dicotómicas, manipuladoramente simples. Es más: las audiencias incluso reclaman en el inicio de toda lucha una interpretación binaria. El enfrentamiento de opuestos hace a la historia del espectáculo. Solo que al cabo de un tiempo el argumento de la disputa, repetido en sus formas y en sus actores, se agota en la roída fórmula del sermoneo.
El comportamiento de los medios exhibe, empero, peculiaridades: la prensa escrita marca la agenda. Los diarios y revistas, usina del “vale todo”, raramente introducen matices y perspectivas diversas en beneficio del raciocinio de los lectores. Pero las publicaciones, al menos, cuentan con un “editor responsable” y alguna incluso con defensoría del lector. El editor responsable no solamente responde ante la Justicia por lo publicado en el diario, sino ante sus lectores. Los lectores están presentes, cierto que de modo indirecto, en el diseño del diario, ya que al menos nominalmente alguien se hace responsable ante ellos por el contenido.
En la radio no existe el editor responsable, pero la mayoría de los programas es conducido por una figura que, en los hechos, se juega su prestigio y su sustento ante los oyentes. A los fines prácticos, la conducción del programa es su “edición responsable” y es la que suele responder críticas o comentarios de oyentes. La radio es el medio que más opiniones diversas incluye en su agenda.
La televisión, probablemente el medio menos creativo en términos informativos, ya que su agenda es parásito de la de los medios escritos, es en cambio el escenario de amplificación, reiteración y sostenimiento del “vale todo”. Es en las pantallas y en su singular formato donde el combate se expande. Pero, a diferencia de la prensa escrita y de la radio, en la televisión el editor responsable es inexistente. Hecho paradójico, dado que mientras que la prensa escrita es de propiedad privada, la televisión es un medio de carácter público (utiliza el espacio radioeléctrico) que se entrega por lapso limitado a privados para su explotación en forma de licencia. Es decir que la televisión debería, por usar un bien común, ser mucho más cuidadosa con el público consignando la fuente de sus noticias y señalando quién es responsable por su emisión. Además, en la televisión criolla no hay defensoría del público.
La sociedad no sabe quiénes son los licenciatarios de los canales (¡ni siquiera el Estado provee este dato elemental, como lo muestran los pedidos de informes de uno de sus poderes, el Congreso, ante otro, el Poder Ejecutivo!). Tampoco se conoce quién es responsable de los contenidos, muchos de carácter anónimo, que reproducen las pantallas: ¿la dirección del canal?, ¿la gerencia de programación?, ¿la de noticias?, ¿el empresario-productor de un programa que está tercerizado?, ¿los conductores o periodistas que presentan las notas en ese programa, pero que ignoran su contenido?
La reproducción en la pantalla de televisión de embestidas anónimas contra periodistas o políticos ameritaría una reflexión acerca de la responsabilidad ante los injuriados. Pero además de las víctimas del escrache anónimo replicado en televisión (en emisoras de gestión estatal y privada), hay otra víctima: una sociedad a la que se desprecia por considerarla incapaz de recibir contenidos que promuevan la reflexión en lugar del acto reflejo. “Nadie” es el responsable de lo que circula por la televisión. Pero el odio que irradian las pantallas perjudica a todos.
* Doctor en Comunicación. Universidad Nacional de Quilmes - Conicet.
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