El País (Madrid) 28/11/11
Como si fuera una comisión de la verdad, la investigación oficial sobre el
escándalo de las escuchas telefónicas en Reino Unido está dejando al descubierto
los horrores de un mal pasado reciente. Damos gritos de asombro al oír todas
esas historias de intromisión e intimidación, la angustia de una madre, un niño
que se vio empujado a quitarse la vida. Pero estamos hablando de Reino Unido;
por tanto, el poder descontrolado que creó esa cultura del miedo no era el del
Ejército ni el de la policía militar, sino el de los periódicos
sensacionalistas.
Los políticos tienen que ser más valientes y enfrentarse a los amos de los
medios a los que nadie ha elegido
En Internet la privacidad está aún más amenazada que en el viejo mundo
impreso
Los directores y propietarios de los tabloides, en su mayoría, siguen negando
la evidencia. Invocan la libertad de expresión y el interés público y condenan a
las manzanas podridas que recurrían a pinchar teléfonos y otros métodos
ilegales. Sin embargo, ahora, un antiguo director ha reconocido el difícil
pasado.
David Yelland, que dirigió durante casi cinco años
The Sun, el
periódico de masas propiedad de Murdoch, reconoció hace unos días que los
directores de diarios sensacionalistas, en la época de Tony Blair y Gordon
Brown, y en los primeros meses de David Cameron, tenían un poder excesivo del
que no daban cuentas a nadie. Cuando le presentaban un reportaje sobre la vida
sexual de un futbolista, recordó Yelland con sinceridad, no se preguntaba si
publicarlo beneficiaba el interés público; preguntaba si la historia "se
sostenía". Durante su periodo al frente de
The Sun, tenía la sensación de
que había "un gran botón rojo en mi mesa". Si lo apretaba, a la mañana siguiente
se produciría una gran explosión en algún sitio (
bang, una carrera
destrozada;
bang, una familia destrozada;
bang, una vida
destrozada). Añadió que lo más extraordinario de propietarios como James Murdoch
(de News International) y directores como Paul Dacre (del inmensamente
influyente
Daily Mail) es lo poco, casi nada, que se conocen a sí mismos.
Se consideran los niños en la última fila de la clase, "cuando en realidad son
dueños del colegio entero".
Yelland estaba respondiendo a una penetrante charla de la filósofa Onora
O'Neill para el Instituto Reuters, en la que preguntaba por qué se consiente que
los periodistas sean inmunes a todas las responsabilidades que se exigen
habitualmente en otros ámbitos de la vida pública. "A los medios de comunicación
les encanta exigir transparencia a otras personas que tienen poder e
influencia", era su conclusión, "y lo que vale para los políticos debe valer,
sin duda, para los informadores".
¿Pero hay algo que pueda cambiar el comportamiento de unos y otros? Durante
los últimos 20 años, los más poderosos del país, incluido el primer ministro,
han temblado ante los amos de los medios de comunicación. Los políticos
británicos han tenido miedo de que esos periódicos de enormecirculación
inclinaran las elecciones en su contra. Además, muchos han tenido miedo personal
a la persecución, al ridículo o a la revelación de algún detalle doloroso o
embarazoso de sus vidas privadas. De ahí a la palabra "chantaje" no hay mucha
distancia.
¿Será posible que esta relación haya cambiado de forma irrevocable, y para
mejor, desde el descubrimiento del escándalo de las escuchas? No estoy tan
seguro. El miércoles 23 de noviembre, al abrir
The Sun para ver su
reacción ante la investigación que dirige un juez, lord Leveson, encontré un
artículo de "el primer ministro David Cameron" en el que exigía al líder
laborista, Ed Miliband, que dijera "a los dirigentes sindicales que pagan las
facturas del Partido Laborista que estas huelgas están
mal". ¿Cuándo voy
a leer un artículo de Cameron en el que diga que "el comportamiento que han
tenido los periodistas de
The Sun y
The Daily Mail está
mal"? Los tabloides no lo publicarían; y él no lo escribiría.
Recuerden que solo cuando llevaba ya casi 10 años como primer ministro se
atrevió Tony Blair a calificar el comportamiento de los medios de comunicación
británicos como "propio de una bestia salvaje". Si el escándalo de las escuchas
telefónicas no hubiera estallado cuando lo hizo -después de que
The
Guardian persiguiera la historia durante 18 meses, prácticamente sin ayuda-,
seguro que el Gobierno de Cameron habría permitido a la organización de Rupert
Murdoch, News International, asumir el control total de BSkyB, con lo que habría
fortalecido su posición dominante. No me cabe duda de que, en privado, el número
10 de Downing Street está tan deseoso como nunca de ganarse el favor de
The
Daily Mail y
The Sun.
En Reino Unido necesitamos que nuestros políticos electos sean más valientes
a la hora de enfrentarse a unos amos de los medios a los que nadie ha elegido, y
que haya más regulación tanto de la propiedad como de la política de
competencia. Como destacó Yelland, si los jefes de Associated Newspapers (dueños
de
The Daily Mail) y News International se reúnen a comer y ponerse de
acuerdo en algo, tengamos casi la certeza de que lo harán realidad, porque,
entre las dos empresas, controlan aproximadamente el 60% de la prensa
británica.
Lo que no necesitamos, desde luego, es que los políticos tengan poder para
manipular el contenido editorial de los periódicos. Los políticos sí deben temer
a la prensa, pero por razones justificadas. La mejor solución es la
"autorregulación con dientes". Pero uno o dos de esos dientes deberían contar
con fondos públicos y alguna forma de imposición legal. Esto vale sobre todo en
el caso de la privacidad. Casi todos los expertos en libertad de expresión están
de acuerdo en que el único gran motivo que justifica las intromisiones en la
privacidad es el interés público. Lo difícil es definir una y otra cosa. En
algunos sitios, el equilibrio se ha inclinado demasiado en favor de la
privacidad. ¿No era de auténtico interés público que a los votantes franceses se
les hubiera revelado un poco antes el historial depredador del aspirante a
candidato presidencial Dominique Strauss-Kahn con las mujeres?
En Reino Unido pasa todo lo contrario. Los periódicos alegan "interés
público" cuando no existe. Los abogados de
News of the World invocaron el
recuerdo del Holocausto para insinuar que era de interés público conocer las
revelaciones (no corroboradas) de que se habían visto enseñas nazis en una orgía
privada en la que había estado Max Mosley, en aquella época responsable del
organismo rector internacional de la Fórmula 1 (e hijo del líder fascista
británico Oswald Mosley). Tonterías. Lo que querían decir no era "interés
público" sino "lo que interesa al público" y, por tanto, vende periódicos. Y
seamos sinceros, a la mayoría de nosotros nos interesan los cotilleos, aunque
nos parezca que no debería ser así. De esta manera resume el periodista
estadounidense Michael Kinsley su experiencia en la revista digital
Slate
durante el
caso Monica Lewinsky: "Los correos electrónicos dicen que no,
pero sus clics con el ratón dicen que sí".
A medida que crece la competencia que representan los medios digitales para
la prensa escrita, y con los cotilleos cada vez más íntimos que aparecen en
Internet, donde la privacidad está aún más amenazada que en el viejo mundo
impreso, las presiones comerciales para que los diarios sensacionalistas sigan
publicando revelaciones escandalosas no tienen más remedio que aumentar. Es
difícil pensar que la autorregulación va a bastar. El deseo de obtener
beneficios es demasiado intenso.
Alegarán, como hacía el miércoles pasado Jane Moore en su columna en
The
Sun, que se limitan a dar a los lectores lo que quieren. Y, como hizo Dacre
en una sesión de investigación presidida por Leveson, citarán a jueces veteranos
para respaldar su argumento de que, si no mantienen su circulación con esos
métodos, "se publicarán menos periódicos, lo cual va en contra del interés
público" (es lo que dijo lord Woolf en una decisión judicial de 2002). ¿Qué
recurso tiene la persona perjudicada? ¿Acudir a la ley? Para la mayoría de la
gente, es demasiado caro. Mosley ha gastado un millón de libras para defender su
caso solo en los tribunales británicos.
La "autorregulación con dientes" debe ser la receta general para los
periódicos. Pero en este ámbito concreto, el de la privacidad, debería existir
un tribunal independiente, financiado con dinero público, al que cualquiera
pueda acudir para obtener reparaciones rápidas y baratas por las intromisiones
que no se justifiquen por ningún genuino interés público. Son muy pocos los
valores capaces de mirar a la cara, por así decir, a la libertad de expresión,
pero la privacidad es uno de ellos. Encontrar el equilibrio entre los dos es un
deber en nombre del bien común.
Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la
Universidad de Oxford e investigador titular en la Hoover Institution de la
Universidad de Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez
Tapia.