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lunes, 15 de septiembre de 2008



Tribus urbanas, lugares de pertenencia
Cada vez son más los adolescentes que se suman a alguno de estos grupos y adoptan el look y el lenguaje de sus referentes
Por Evangelina Himitian De la Redacción de LA NACION
Unos eligen el negro y otros, los colores. Algunos sólo buscan pasar inadvertidos y otros, ser vistos por millones. Están los que aman el deporte y los que no corren ni el colectivo, los que parecen felices por elección y los que se confiesan tristes practicantes. Lo cierto es que casi todos, sean floggers , emos, raperos, cumbieros, visual kei , gothic lolitas, antiemos, fox , góticos y antifloggers eligen el Abasto o la plaza del palacio Pizzurno como lugar de culto.
Cada vez son más los jóvenes que adoptan alguna de las llamadas tribus urbanas como grupo de pertenencia. Los especialistas estiman que entre el 20 y el 30% de los adolescentes se identifican hoy con alguna. "No podemos decir que toda la juventud esté tribalizada. Pero, a pesar de que son grupos pequeños, tienen una importante significación en la medida en que producen visibilidad e instalan modas, formas comunicativas y tendencias", explica Marcelo Urresti, sociólogo de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, que desde hace tres años dirige una investigación acerca de las nuevas tribus.
Agustina Vivero es un claro ejemplo. Tiene 17 años y en su fotolog se hace llamar Cumbio. Cuando "postea" una foto la gente se agolpa para comentarla. En un año y medio, su sitio fue visitado por 11 millones de usuarios y Nike la eligió para ser la cara de su campaña. Hoy organiza fiestas y sus amigos les cobran unos 600 pesos a los boliches sólo para estar.
Pero también están aquellos que prefieren el bajo perfil y que se alejan de cualquier estereotipo de violencia. Como Eva Sánchez, de 16 años, que vive en Pilar y hace un año se convirtió en gothic lolita. "Emulamos el estilo victoriano, con vestidos de encaje que se usan sobre un traje negro y con maquillaje gótico", contó a LA NACION, sentada frente al palacio Pizzurno. Esta tribu, de origen japonés -una de las últimas que llegaron al país-, se compone sólo por mujeres. Su actividad favorita es tomar el té en una plaza. "Todos tenemos una parte impura. Nosotras la caracterizamos vistiéndonos como chicas inocentes, para enfatizar que en realidad nadie lo es", sintetiza Eva.
Los emos son esos chicos de negro que se maquillan con fucsia y se tapan un ojo con el flequillo; los floggers combinan glamour con pantalones "chupines" y lentes de sol. Sin embargo, la identidad de tribu va más allá de la imagen.
"Hay cuatro pilares que sustentan la identidad de una tribu: una estética, el estilo de música, los lugares frecuentados y un lenguaje; eso, sobre la base de una ideología en común, que aunque muchas veces se enmascare como falta de ideología, siempre está allí, subyacente, ya que la no ideología es una ideología", apunta María José Hooft, responsable de la cátedra Subculturas Juveniles del Instituto Bíblico Río de la Plata, que acaba de publicar el libro Tribus urbanas , dirigido a líderes de iglesias, docentes y padres. Intenta evitar el "horror" que sienten los adultos cuando se enfrentan a un adolescente "tribalizado".
Algunas de las tribus son movimientos netamente locales. Tal es el caso de los floggers y los rolingas. "En todo el mundo hay seguidores de los Rolling Stones. En otras partes son Stones, pero acá además están los rolingas, que combinan su gusto por los Rolling con un fanatismo por bandas como Viejas Locas o expresiones del llamado rock chabón", explica Hooft. "También nos gustan Callejeros y La 25", acota Jonathan Mazzeo, de 15 años, "rolinga de alma", que tiene su propia banda de rock barrial.
Aaromm Cabrera (así pidió que se lo identificara) tiene 19 años y se inscribe entre los pioneros del movimiento flogger . "Hace un año y medio, Cumbio nos convocó a un grupo de amigos al Abasto porque venía un chico de Rosario. Nos juntamos un miércoles y éramos 30; a la semana nos volvimos a juntar y ya éramos 200, y al miércoles siguiente, casi 1000. Hoy, el Abasto es la iglesia flogger ... vamos todos los domingos", cuenta.
Mariana Sandoval, de 20 años, no se pierde un encuentro, aunque considera que el espíritu de tribu se fue perdiendo con la masividad. "Antes entraban a ver tus fotos. Ahora, es cuestión de firmar para ser popular", cuenta.
Yasmín Nazer tiene 19 años y es rastafari. "La gente nos identifica como los «drogones». En mi casa les costó aceptarlo. Pero bueno, después lo aceptaron. Yo, por ejemplo, decidí no fumar y todos me respetan. Somos una tribu muy abierta", cuenta.
Para Rodrigo Rojas Gacitúa, de 18 años, las cosas no fueron sencillas. Sobre todo, cuando vivía en Baradero y se convirtió en el primer gótico. "Mi papá no me entendía. Decía que era gay, que andaba en la macumba. Un día vi un documental y me sentí identificado... me dije «eso soy yo»", cuenta. Tiene media cabeza rapada y una melena. "Desde entonces vivo vestido así, yo soy así. A la gente no le gusta. Nosotros nos vestimos como los personajes de sus peores pesadillas, pero tenemos la valentía de mostrar esa cara de la sociedad", sostiene.
Sólo apariencias...
Las fronteras entre tribus no son rígidas. De hecho, si uno aborda a algún adolescente tribalizado, no debe dejarse guiar por las apariencias.
Matías Laurel, de 22 años; Darío Pelozo, de 20, y Gabriel González, 16, explican por qué. "Nosotros hacemos hip-hop, pero cada vez es más difícil ponernos ropa que nos distinga, porque los cumbieros nos copian desde las zapatillas hasta las marcas de la ropa", dice Darío. Matías optó por coserse su propia ropa.
Nicolás González, de 15 años, es un emo "recuperado": un fox . "Antes era emo. Me había hecho por problemas personales. En la primaria nadie me hablaba, hasta que me hice emo y encontré amigos", aclara. Fox es otra tribu surgida como una "cruzada" en defensa de los emos, que en todo el mundo son atacados por otras tribus, entre ellas, las de cumbieros, floggers , punks o metaleros.
"Los que nos atacan no son las tribus sino las personas. Nos burlan, nos estigmatizan como seres tristes. Cuando subo al tren la gente se aleja de mí porque piensa que soy peligroso... es ridículo", dice Ezequiel Cavanesi, de 18 años, que es emo, cursa el CBC y quiere ser pediatra.
Florencia García es su novia, también emo. Le da un beso e imita al personaje del actor Diego Capusotto que encarna a un representante de esa tribu. Después, cuenta que su mamá "lo adora" a Ezequiel, y se le escapan dos lágrimas del ojo izquierdo. "Se puede ser emo y ser feliz", remata.

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