martes, 12 de abril de 2011

el espacio de borrini en ad.latina

GLOBAL | EL ESPACIO DE ALBERTO BORRINI

Inspiración y matemáticas


Deseo compartir con los lectores un informe especial, revelador de la importancia de los números en nuestra vida cotidiana y en las profesiones que ejercemos, por más distantes que parezcan de ellos. Fue publicado recientemente en el diario madrileño El País, bajo el título provocador y algo hermético de “El ‘anumerismo’ también es incultura”, firmado por Bernardo Marín.
  • "Muchas cosas consideradas muy emotivas terminan en números, incluso las marcas, que se jactan de dominar las emociones de los consumidores, terminan en un ranking numérico", asegura Borrini.

La palabra “anumerismo” no figura aún en el diccionario, pese a las reformas introducidas hace unas pocas semanas por los académicos de turno. Es un neologismo, y se refiere al creciente rechazo por los números, incluso de los comunicadores sociales, más aún en una época como la actual en que se acepta que la mejor llegada a los públicos es la emotiva, que se consigue con imágenes o con palabras; a tal punto que la racionalidad suele ser una convidada de piedra para quienes practican la publicidad, las relaciones públicas y el periodismo.
Personalmente, pese a militar desde el principio de mi carrera en el periodismo especializado en economía, empresas, marketing y comunicación, a partir de los viejos tiempos del semanario El Economista, confieso que me siento también un poco “anumerista”, pecado que expío con una permanente preocupación por las estadísticas publicitarias que no todos comparten.
Son las columnas más sacrificadas que escribo, porque los números no entran precisamente en el radio de acción de los comunicadores, salvo naturalmente los que se dedican a la investigación. En estas ocasiones lo mío es un paciente rastreo de datos, porque no se trata solo de vencer un desinterés al respecto, sino de superar la íntima convicción de muchos de mis entrevistados de que los números enfrían la relación con el público, aunque luego traicionen esa cálida relación personal con las impersonales máquinas que responden consultas y quejas de los consumidores.
Lo que sorprende es que, aunque uno no sienta por ella ninguna afición, nadie se atreve abiertamente a afirmar que las matemáticas no son necesarias, mal que nos pese, en tantos aspectos de nuestras vidas, desde comparar precios en los supermercados hasta revisar la cada vez más cuantiosa adición del restaurante.
“Una luz que alumbra…”
Lo peor es que, según Bernardo Marín, “el desconocimiento de los números carece del reproche social que provocan otras ignorancias”. En efecto, se llega hasta a tolerar que a “los chicos no les entren las matematicas”, justificando esta opinión en la creencia de que los números limitan la imaginación y la inspiración de los que muestran inclinaciones artísticas. Sin embargo, hay un arte y hasta una magia de los números. De lo contrario el Indec no consumaría unos cálculos de la inflación que ni siquiera lograría Mandraque.     
Por otra parte, la inspiración no nace de un repollo. Se abastece de lecturas y experiencias que perfeccionan un don que puede ser innato.
Marín no ahonda en las relaciones de las matemáticas con la publicidad, pero impulsado por sus razonamientos, trataré de extenderlos al campo de nuestro mayor interés. El ejemplo que me viene a la mente sin esfuerzo es una de las campañas más exitosas y memorables del siglo pasado, aquella del jabón Lux que comienza sagazmente con una cifra creativa: “Nueve de cada diez estrellas…
En un rápido regreso al presente, sobresalen los mensajes considerados más efectivos por los supermercados que los firman, a juicio de ellos mismos. Me refiero a los que descansan en la atracción de los descuentos, expresados en números tamaño catástrofe en la publicidad impresa.
Es que muchas cosas consideradas muy emotivas terminan en números, incluso las marcas, que se jactan de dominar las emociones de los consumidores, terminan en un ranking numérico. O la misma creatividad, que depende de cómputos como los de Crema, o la gastronomía, cuyo desenlace es una receta con las proporciones numéricas de los ingredientes utilizados. Ni hablar del fútbol, una “pasión de multitudes” que no se resuelve solamente en la cancha, sino que tambien depende de aspectos más concretos como las cotizaciones de los jugadores, las recaudaciones y las cifras de la audiencia televisiva.
Hasta las guerras están atadas a los números. Una batalla es motivo de prolijos cálculos, y los grandes generales suelen ser buenos matemáticos. Una frase que acabo de leer, dicha por un soldado dice así: “Un ataque de artillería es como un problema de álgebra”.
Volviendo al origen de estos razonamientos, reconoce el pensador español Fernando Savater, citado también en el informe del diario El País, que las matemáticas no son lo suyo, pero admite que “mal se pueden entender determinados campos del conocimiento sin saber nada de números”. Encadeno su pensamiento al de otro filósofo y catedrático, Emilio Lledó, para quien “las matemáticas son una lucha constante con la verdad porque en ella, en su excactitud, no caben las ideas mentirosas”, al tiempo que reivindica a las matemáticas como “una luz para alumbrar un mundo donde cunde la manipulación informativa”.



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